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De lo que queres ser parte

martes, 1 de junio de 2010

Morir en la inosencia


Ya habían pasado las cinco de la tarde, pero todavía no habían conseguido nada. Solo monedas que llegaban al monto de cuatro pesos.

-¿Ves alguno que nos deje una buena moneda?- Dijo Sabrina a Pablo

-No, la verdad que estos ratas te dejan ni cincuenta centavos. No nos alcanza para nada.

-Ya vamos a conseguir, espera un rato y ya vas a ver- Replico Sabrina a las palabras de su hermano.

Las monedas habían incrementado en volumen, pero en valor total solo tenían tres pesos mas. Eran esos inviernos crudos de mediados de junio. Los hermanos Mazo fueron para su humilde y precaria, si se puede decir vivienda, que se ubicaba a costados de una empresa.

Cansados y agobiados se lanzan cada uno a un colchón, se cubren con unas frazadas y tratan de cerrar los ojos para poder dormirse.

-Pablin, ya no aguanto mas. Me muero del frío.

-Toma, ponete este buzo que te va a zafar. Dijo Pablo y le dio su buzo a la hermana.

El despertador, típico de la ciudad, eran los chorros de agua lanzados por el portero de la empresa. Que no los quería ver ni en figurita. Así eran todos los días para los hermano Pablo y Sabrina Mazo. Dos desahuciados, abandonados por su padre y sufriendo el fallecimiento de su madre, hacia pocos meses.

No le veían nada de bueno a la realidad, se levantaban todos los días con asco y bronca a la vida, con la impotencia de no poder hacer nada para que su presente cambie. Este era mas el pensamiento de Pablo. A diferencia de su hermano, Sabrina tenía una mirada un poco menos pesimista. Y siempre ante las palabras de su hermano mayor, respondía con una sonrisa.

-No conseguimos nada hoy, solo dos pesos y ya empieza la tarde- Exclamo Pablo indignado.

-Tranquilo pablin, en un rato salen todos de laburar y algo vamos a conseguir

-¿Cuándo te vas a cansar de ser tan generosa? No ves en la situación que estamos. No quiero robar, quiero ser un chico normal. Pero no puedo y estoy acá afrontando la situación, mendigando en esta ciudad careta. Donde te ven y piensan que les vas a afanar. Ya no aguanto más.

-¡Para Pablo! Serénate y veni conmigo.

-¡No! Chau nena, no me sigas porque te va a ir muy mal. Quédate acá que voy a volver.

- Por favor pablin, no te vayas.

Esas fueron las palabras de Sabrina al ver salir corriendo a su hermano. La noche fue interminable, el colchón parecía que estaba cubierto de espinas. Tal era la desesperación que no pudo dormir ni siquiera dos horas.

Al siguiente día, las monedas que había recaudado fueron más de veinte pesos. Que ironía, con el momento que estaba pasando.

La noche amenazaba y Pablo no había dado señales de vida. Decidió salir a buscarlo, recorrió las plazas preguntando a toda gente a su paso. Ya asustada, comenzó a recurrir a las comisarias y hospitales.

-Señor Policía, no vio a mi hermano. Es morocho, de pelo enrulado hasta los hombros; tenía puesto un buzo negro y un jean celeste. Se fue ayer a la noche y no ha vuelto.

- Hemos recibido un notificado de la morgue judicial, sobre un N N. Que se ha hallado hoy por la mañana. Pero no se si corresponde a la descripción que nos ha concedido.

Sabrina salió corriendo asustada y desconsolada. No teniendo rumbo ni sabiendo el lugar de la morgue. Lo único que hizo fue correr, hasta que se topo con el edificio de la morgue. Sin saber nada, tartamudeando le describió la persona de su hermano, rogando que no fuera así.

-Si, señorita pase a verlo para el reconocimiento- Le dijo con la mayor de las tristezas, la representante de la morgue.

Pablo Mazo murió a causa de su inocencia. Cuando tenía el arma para robar, se sentó en un banco de la plaza para poder cargar las balas. Pero al no saber la mecánica de esta, el tiro salió por la culata dejándolo sin vida.

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